|
|
No
hay valores ni criterios estéticos permanentes, tampoco existen
restricciones previas a la realización del trabajo
En el siglo XVIII, en los textos dedicados a las bellas artes, comenzaron
a aparecer términos como "gusto", "genio",
"sentimiento". Asimismo se impuso la idea de la "obra
maestra". Era una época en la que se creía que
los criterios eran permanentes, que tanto el gusto como la creación
se ajustarían a esas normas.
Hoy, lejos de aceptar esa concepción, los críticos
hablan de "obras logradas", "obras fuertes",
"propuestas exitosas" o de cuestiones similares. La expresión
obra maestra aparece sólo en contextos no especializados,
como en los periódicos o semanarios, cuando se relata el
robo de una pintura famosa, en particular, propiedad de algún
museo.
La idea de que existiera una obra con esas cualidades inquietó
a muchos críticos y escritores. Honoré de Balzac publicó
en 1831 una nouvelle titulada La obra maestra desconocida , historia
de un pintor de principios del siglo XVII llamado Frenhofer, que
llevaba diez años trabajando en secreto en un cuadro que
pretendía hacer perfecto de acuerdo con el modelo real (un
propósito inalcanzable). Por su parte, Emile Zola recurría
a la misma expresión: "He vuelto a ver el Almuerzo en
la hierba [cuadro que Edouard Manet pintó en 1863], esa obra
maestra expuesta en el Salón de los Rechazados, y desafío
a nuestros pintores en boga a que nos den un horizonte más
amplio y más lleno de luz y aire".
La expresión "obra maestra" procede del mundo del
artesanado de la Edad Media; así se denominaba la "muestra"
(una obra con tema, materiales y otras condiciones obligatorias)
que el aprendiz debía presentar a la corporación para
ser calificado y, si era aprobado, convertirse en maestro y tener
el derecho de poseer su propio taller.
Fue hacia fines del siglo XVIII cuando la expresión adquirió
el sentido con el que aún se la suele utilizar; por lo tanto,
se constituyó en sincronía con el primer museo: el
Louvre, inaugurado en 1793. La definición era inseparable
de la idea de "perfección", de chef o de "cabeza
de serie".
Según Ernst Gombrich, las obras maestras "soportan la
prueba del tiempo y encarnan un sistema de valores que nos enseñan
a reconocer: son puntos de referencia, pautas de excelencia que
no podemos disminuir sin perder la dirección". La Gioconda
de Leonardo es un ejemplo privilegiado.
|
La
idea de obra maestra, tan exitosa durante más de cien años,
fue cuestionada por las vanguardias desde las primeras décadas
del siglo XX. Lejos de la concepción del absoluto artístico,
en el Primer Manifiesto del Futurismo (1909), F. T. Marinetti afirmaba:
"Ya no hay belleza más que en la lucha ni obras maestras
que no tengan un carácter agresivo. La poesía debe
ser un violento asalto contra las fuerzas desconocidas". Antonin
Artaud, en No más obras maestras (1938), afirmaba que debía
terminarse con la idea de las obras "reservadas a un círculo
que se llama a sí mismo selecto y que la multitud no entiende".
Por lo mismo,
proponía abandonar las obras maestras porque son inmóviles
y están sujetas a normas "que ya no responden a las
necesidades de la época". Los ejemplos de impugnación
a la obra maestra abundan. En 1969, el crítico Arthur Rose
afirmaba que "ser artista ahora equivale a poner en cuestión
la naturaleza del arte". El proyecto lo había iniciado
Marcel Duchamp en la segunda década del siglo XX.
El ejemplo más categórico de esa ruptura con la idea
de obra maestra es el ready-made de Duchamp, un "invento"
que revela el núcleo de una nueva operación estética.
No es exacto, como ha dicho el artista con tono burlón, que
la simple elección convierte en "obra de arte"
el objeto escogido por mero capricho. Por el contrario, el ready-made
es una metáfora conceptual que opera introduciendo lo "no
artístico" en el contexto institucional del arte. "Ni
arte ni antiarte -afirma Octavio Paz-, su interés no es plástico
sino crítico o filosófico". Ni siquiera postula
un nuevo valor: es un ataque a lo valioso, un alegato contra la
obra de arte "aureolada" en su pedestal.
En esta vía se perdieron todas las certezas de la obra maestra
legitimada por la tradición, el gusto y el museo. Había
nacido lo que Harold Rosenberg denominó "objetos de
ansiedad", un tipo de obras que tienen como cualidad principal
producir inquietud o duda sobre su estatus artístico. ¿Qué
otra cuestión debió suscitar la Gioconda con bigote
y barbita, un ready made que Duchamp hizo en 1919?
Sin dudas, estos objetos, con su intención desmitificadora
del arte sublime, de manera inevitable, trastornan y desconciertan.
La dificultad, para el contemplador, aparece en el momento en que
pretende descubrir si "eso es arte de verdad" y "por
qué es arte". El dilema es que hoy todo es posible para
los artistas. Como señala Arthur Danto, "no hay constricciones
a priori acerca de cómo debe manifestarse una obra de arte".
volver |