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EL ATRIL Y EL SOFTWARE
Una aproximación hacia el arte digital
En momentos culturales como el actual,
en que es posible advertir la coexistencia de tiempos, espacios
diversos y modificaciones, en que todo accionar social es reflejo
del advenimiento tecnológico, el arte, en su condición
sublime de representación de la esencia kantiana de "lo
humano", no es ajeno a estas analogías.
Carlos Alonso Díaz *
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Y es lógico:
la esfera creativa, si lo pensamos a partir de la problemática
propuesta por Erwin Panofsky al proclamar que "el
artista debe ser ojos, oídos y voz de su tiempo",
no esta exenta de la realidad instalada en los primeros decenios
del siglo XX, con el ingreso del régimen de las vanguardias
y codificada ya en la década del 60`, cuando los avances
en el estudio teórico de la obra adosaron al esquema del
Pop-Art norteamericano algunas cualidades propias del escenario
que Marshall Mc-Luhan examinara en la proyección de la
contemporaneidad: extraordinaria velocidad, desplazamiento
del concepto de "tiempo único, lineal y puntualizado",
extrapolación de los márgenes, artefactos seriados
y reproducidos en superposición semejante (algo similar
al "ready-made" que en su momento exploró Marcel
Duchamp), detalle y fragmento (planteando el conocimiento a través
de este último, convirtiéndose en poética
cuando renuncia a la voluntad de reconstruir el todo al que pertenece
y se produce y goza en función de su carácter metamorfósico,
tal es el caso del videoclip o video-art, tan en boga por la creciente
propuesta de Instalación), desorden y caos (aunque suene
hipotético, un "orden en el desorden"),
complejidad, disipación y distorsión.
No es fácil asaltar en sentido teórico la problemática
que supone la estética digital, en que el taller convencional
del artista ha sido suplantado por un entorno electrónico,
avanzado, mientras la práctica del oficio ha sido reemplazada
por la exploración del software y programas gráficos
que, si bien esgrimen el vértice de la clásica querella
de ¿qué es el arte?, al ser un
campo de límites bifurcados en que se valida la impotencia
de lo intangible, tiene a su haber un conjunto de cualidades válidas
de hacer mención, entre ellas: manipulación, repetición
y serialización de imágenes de manera infinita,
permitiendo una disponibilidad de elementos múltiples que
propician la transformación inmediata de la forma, colores
y significados. En resumen, el poder del medio digital radica
en su condición infinitamente maleable,vertiginosamente
dinámico.
Esta incertidumbre -y por qué no decirlo, hibridez-
en la proyección del momento electrónico inaugura
el debate sobre la trascendencia de la forma y el papel certero
que ocupa la persona que interviene en el sistema, es decir:
¿qué diferencia a un "artista digital"
de un diseñador gráfico o un iniciado en programas
básicos que también opera con códigos comunes,
herramientas y aparatajes de convención que pueden resultar
idénticos?.
Esa interrogante es el indirecto legado que nos hereda el Romanticismo
europeo, cuyo cisma hacia 1820 ya estaba ad-portas de la liberación
de la forma del patrón retiniano clásico (pensemos
en el modelo instalado por Da Vinci al pensar y actualizar la
tradición grecolatina), y la supresión del texto
encorsetado para proclamar el triunfo del verso libre y la destrucción
de toda normativización mayor para enfrentar y asumir una
obra de arte.
Esta condición de "lo digital",
entendida como una superestructura contenedora de sustracciones
de la realidad, vendría a encarnar lo que G.F. Hegel denominó
"muerte del arte", o en las palabras
de O. Calabresse una re-lectura del momento barroco en tanto acumulación,
densidad, inestabilidad, mutabilidad y desarticulación
de todo vértice de regencia, suprimiendo los centros únicos,
multiplicando los detalles y haciendo cuestionar la instancia
matriz de la "identidad".
El procedimiento que avala una obra digital es, a partir de sus
propios procesos, un tejido de estudio que da origen a su existencia,
una problematización en torno a su resolución y
la percepción del creador -o cual es la lectura o visión
que el artista enuncia del mundo o la realidad que tiene en frente-,
y la praxis crítica que debe acompañar la representación
y materialidad de los soportes: no existe, o al menos, no debiera
existir un artista o pensador inserto en el circuito de la hipertextualidad
o telepresencia que no cuestione o constituya un discurso coherente
a partir de dicha presencia.
El artista digital en el medio audiovisual, el poeta hipertextual
o el músico electrónico justifican su oficio tras
el proceso de formación estética y discursiva de
conocimiento. No quiero decir con esto que una imagen en 3-D elaborada
por un programador no posea valor "cultural",
en absoluto, sino más bien que los parámetros de
construcción y entendimiento del arte, pese al manifiesto
de la desmaterialización y gloria de lo inexacto, siguen
aún ceñidos a la normativa de parámetros
y referentes que hacen válida su causa.
Tomemos en consideración, por ejemplo, el control de la
mancha pictórica por sobre el azar que supone una intervención
en Photoshop o Freehand, que no debiera representar un riesgo
para el "artista-usuario" que calcula
las operaciones necesarias para el efecto deseado. Sin embargo,
es en esta hiper-capacidad medial y de simulación donde
reside directamente la situación de trance y reubicación
de los códigos "artísticos".
El trabajo del artista "consciente" de los píxeles,
alejándose de la reproductibilidad práctica ejercida
como una entidad abandonada a la modificación y flujo de
sus propias aristas, olvidando toda metodología discursiva
y todo paradigma de análisis y explicación que persigue
la obra artística: realizar concesiones de cómo
percibir el mundo, la propia interioridad, el debate que se extiende
a partir de la justificación de la existencia, una fenomenología
cifrada por el propio operador, el planteamiento de una puesta
en escena, de objetualización de la imagen digital para
ingresar al mundo de las cosas. El artista al que se refirió
Panofsky y Balzac está consciente de la "realidad"
y de la potencialidad de la imagen, sabiendo cierto que se puede
extraviar probando millones de versiones diferentes para una obra.
El versátil desarrollo del formato digital, que va dando
muestras de madurez ya en la década de los 80´ y
llega a nuestro tiempo dando testimonio del evidente esplendor
virtual se nos está viniendo encima, en las palabras de
Todd Gitlin, "el lenguaje de nuestra época";
y si se considera que así como el verbo fue fundamental
para el medioevo, así lo es también la imagen en
nuestros días (lejos de ser entendida como una simple abstracción
semiótica post-estructuralista), en su aglutinación
práctica de conocimiento, conceptos, mensajes y objetivos
que a la postre son signos que nos permiten identificar códigos.
No es fácil hablar de arte, más aún hablar
de arte digital cuando la accesibilidad a su comprensión
recién comienza a ser escrita y planteada como un diálogo
cuasi científico que aborda el fenómeno como una
emergencia social precisa, aislando los trabajos simplistas, obvios,
ensayisticamente anémicos, repetitivos, repletos de clichés
y condescendientes que luchan por la inserción en un campo
que, pese a lo indescifrable de sus lindes, depara una larga e
inmensa procesión hacia su reino.
* El autor Carlos Alonso Díaz Soto es licenciado
en Teoría e Historia del Arte de la Universidad de Chile.
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