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Cuando nos
encaminamos a pensar en torno a la esfera de lo que se ha llamado
“arte digital” – o “pseudo-arte”,
a juicio de las mentes panteístas -, surgen inevitablemente
un conjunto de escollos –entre ellos, prejuicios culturales,
económicos, intelectuales e incluso afectivos-, que dificultan
vislumbrar ciertamente cuales son los conductos por donde atraviesa
la disciplina en cuestión.
En término general podemos precisar que “lo digital”
alude a la creación de una obra artística realizada
con la participación de un computador y sus periféricos
como herramienta de trabajo (scanner, tableta digitalizadora,
programas especializados, cámara digital, impresora, etc).
Con el diseño gráfico hay ciertos puntos en común,
como el uso del Adobe Photoshop y otros complementarios, pero
se diferencian sobre la base que el diseño toma como eje
la repetición y lo exacto privilegiando virtuosamente la
técnica, mientras que el arte toma de la programación
las herramientas que sólo le son útiles para la
creación, muchas veces, privilegiando la abstracción
y la mancha, para lo cual selecciona una parte de los comandos.
Con el paso de los meses ha aparecido en la Red y algunas publicaciones
impresas un considerable número de predicadores que pretenden
revelar y dar claves para la comprensión del fenómeno,
llegando incluso a una contraproducente degradación del
asunto que pone en el tapete una cuestión sustancial vaciada
de referentes y contextos de real significación.
Al decir de esto, pareciera que en no pocos casos el trabajo teórico
en torno al arte electrónico –y en torno a la cibernética
misma-, parece obviar las promesas de innovación y así
quedar reducido a poco, no tomando en cuenta esa cierta subjetividad
hasta ahora reprimida y potencialmente capaz de fracturar la continuidad
lineal de la Modernidad. Según Alberto Abruzzese “en
Italia intelectuales como Umberto Eco o Furio Colombo han hecho
ya su elección: hablan de los nuevos medios relacionados
con viejos sujetos, es decir, del “sujeto histórico”
de aquel saber, que creen indiferente a las “innovaciones”",
y prosigue señalando que “debemos evidenciar
lo más posible la diferencia entre los lenguajes de la
reproductibilidad técnica y los lenguajes de la cibernética.
A partir de ese estudio se evidencian las estrategias que han
caracterizado el proceso de socialización de la civilización
moderna; no solamente el desarrollo de la escritura, gracias a
los lenguajes audiovisuales de los que se ha garantizado ella
misma el control; sino también de las formas del arte,
las relaciones entre artista y público, entre público
y crítica, entre crítica y mercado”.
¿En donde radica la complejidad de todo esto?.
En la conjunción de dos dogmas diferentes: la pintura,
por un lado, y la tecnología de la información,
por el otro. En Latinoamérica, pese a la decorosa y tardía
asimilación del fenómeno estético, examinar
que lo digital, el soporte informático y el lenguaje de
los píxeles ha entrado al circuito del arte no es misterio.
Si hubiera que graficar de manera suscinta el propósito
de la “obra” podría tomarme
la licencia de establecer una analogía con las vanguardias
de principios de siglo XX ("los llamados ismos”).
Probablemente si Bretón, Marinetti, Eluard o Duchamp hubieran
tenido la oportunidad de acceder a un ordenador, y aún
más, estrechar contacto con la Realidad Virtual, no necesariamente
habrían reemplazado el óleo por el byte, pero tampoco
habrían sido contempladores pasivos o ajenos al contexto.
De hecho en el Primer Manifiesto del Futurismo, el poeta canta
a la velocidad del automóvil, al triunfo del edificio por
sobre la precariedad de la choza, al electrodoméstico soberbio
y a la lucha encarnizada contra todo precepto tradicionalista
que se opusiera al devenir del “futuro”.
Inauguramos con esto, otro conflicto de proporciones que ya tiene
atisbos en el pensamiento de la Escuela de Francfort, inicialmente
con la nueva concepción elaborada por Walter Benjamin al
sostener que “el arte perdió su aura, su
aquí y ahora al ser reproducido como un nuevo producto”,
refiriéndose al objeto artístico en los tiempos
de reproductibilidad técnica que tiene raíces ya
en la fotografía del siglo XIX y los procedimientos litográficos
que, si los comparamos sobre un eje tempo-espacio, convertirían
a Andy Warhol en un conservador primigenio en relación
al panorama de nuestros días que insufla portentosamente
desde fines de los 70” con la emergencia del Video-Art.
Según el argentino Fabio Doctorovich: “la
Realidad Virtual brinda ciertas ventajas y confiere propiedades
especiales a los elementos y procesos que acoge; eso permite determinar
con ellas relaciones de tipo verbales -en el caso de la poesía
hipertextual-, visuales, sonoras, gestuales, etc., que no son
concebibles en nuestro entorno real y físico”.
Y si el Surrealismo, que goza de sobregirado enardecimiento y
admiración, pintaba imágenes oníricas, escribía
sobre los pasadizos más extraviados de la galería
mental humana jamás vistos, por qué entonces existe
esa posición de reniego o no aceptación de la pintura
digital, siendo que ambas recrean un entorno ficticio y están
justificadas válidamente por un discurso?. Hay claramente
dos factores: asimilación (decodificación, sensación
de materialidad) y entendimiento (identificación, raciocinio,
en lo cual influye el gusto).
El primer escollo apela directamente a un juicio de “plasticidad”:
análisis de la condición espacial, material, tangible,
directamente cuantificable (dificultad que ante el común
de la gente experimenta también la Instalación y
cierto tipo de escultura no figurativa). Interviene el factor
tiempo, tradición e historia; asimilación, identificación
y la mimesis de la que nos habló Aristóteles. Esa
búsqueda de “tenencia” del
espectador ante el teatro a fin de canalizar la catarsis. Es probable
que si interrogamos a una persona no especialista en el tema y
le hacemos escoger entre una “Panorámica
de los bosques maulinos” o “El Huaso y la Lavandera”
y un holograma o intervención fotográfica en 3-D,
no negará que la luz del caleidoscopio le produjo conmoción
o “algo”, pero finalmente optará
por los dos primeros por que la carga literaria es perfectamente
contextualizada y aprehendida. Esto obedece a una serie de problemas
sociológicos que no es el momento de enumerar, pero básicamente
a procesos intelectuales y sociales que guardan nexo angosto con
la economía de los países. El número de público
que asiste el Rijksmuseum de Amsterdam no es el mismo que el del
Museo del Barro de Asunción o el Colonial de Santiago.
Las sociedades poderosas han desarrollado cierta “educación”
y “percepción” por el patrimonio
cultural, que en nuestros países pasa a un plano menor
por la escasez de recursos y políticas de fomento-rescate.
En segundo lugar, la aceptación de la obra por parte del
público. El gusto, como lo escribiera Feijoo: “no
es herramienta certera de juicio, pero de que ejerce poderío
en las vidas no hay duda”. A raíz de lo
descrito arriba, es cierto que el arte es una disciplina sistemática,
problemática y bifurcada que para entender (especialmente
a partir de 1860) hay que documentarse y familiarizarse con el
pensamiento. La imagen tiene códigos que van más
allá de la simple percepción e interpretación
momentánea.
Existe un discurso, de lo contrario la pintura y la música
no dejarían de ser sólo “pintorescas”,
es por eso que no podemos enjuiciar a quienes no comprenden o
no aceptan comulgar con el entorno digital, están en su
derecho. No vivimos en un espacio desarrollado y el uso del ordenador
aún no se ha masificado. A esto añadamos el poco
compromiso existente por concientizar a la población sobre
el proceso informático. Perfectamente podría aplicarse
el proverbio que señala que “no se ama algo
mientras no se conoce”, y ciertamente si Rodó
o Martí vivieran, estarían haciendo lo suyo a través
de una Red.
Finalmente, la escasa conciencia artística nos plantea
el gran enigma de cómo puntualizar el estudio de las artes
electrónicas. Paciencia, vamos en camino. La primera vez
que vio la luz “Les Demoiselles d´Avignon”
de Picasso produjo desconcierto y crítica, lo
mismo que ocurrió con las composiciones de Cézanne
y Courbet. Sin embargo, la maduración de los momentos,
las instancias de diálogo e intercambio intelectual y la
perdurabilidad de las ideas trascienden lenta y vigorosamente.
* El autor Carlos Alonso Díaz Soto es licenciado
en Teoría e Historia del Arte de la Universidad de Chile.
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